Autora: Emily BrontëTraducción: Carmen Martín GaiteGénero: Ficción ClásicaEditorial: Alba EditorialPáginas: 528Fecha de publicación:
Aunque vilipendiada en su día («Salimos
de la lectura de esta novela como si acabáramos de visitar un hospital de
apestados», diría un crítico norteamericano en marzo de 1848), Cumbres
borrascosas (1847) se ha convertido en la gran novela romántica por excelencia,
o, aún más, en un mito moderno que ha inspirado películas, óperas, secuelas y
canciones pop. Sin embargo, tanto sus extremos y su ansia de sobrepasar todos
los límites, por un lado, como su sofisticada construcción narrativa, por otro,
parecen escapar a cualquier clasificación genérica. La única novela de Emily
Brontë -«árida y nudosa como la raíz del brezo», según su hermana Charlotte-
bebe sin duda de la fascinación por el género gótico: hay en ella apariciones,
noches sin luna, confinamientos desesperados y crueldad sin medida. Pero la
tensión y la incertidumbre que imprime a sus atormentados personajes y su
alambicada trama superan toda convención y nos sumergen en una atmósfera de
pesadilla que difícilmente volveremos a encontrar en la historia de la
literatura. La traducción de Carmen Martín Gaite, ya un clásico en nuestras
letras, permite respirar, palpar esa intensidad y esa locura. El amor, en esta
novela, no es de este mundo.
Nació en 1818 en Thornton (Yorkshire) y
se crió en la población de Hawort (también en Yorkshire), donde su padre,
pastor anglicano, había obtenido un cargo vitalicio en la parroquia. Habiendo
perdido a su madre en 1821 y a dos hermanas mayores en 1825, los hijos
supervivientes de la familia (Charlotte, Emily, Anne y Branwell) se educaron en
casa, bajo la tutela de su padre y de una tía. Desde muy pequeñas, Emily y Anne
escribieron crónicas fantásticas del imaginario reino de Gondal. A los
diecisiete años fue a estudiar al internado de Roe Head, donde su hermana
Charlotte daba clases, pero apenas estuvo unos meses. Tampoco duró mucho, por
problemas de salud, en su puesto como maestra en la escuela Law Hill de
Halifax. En 1842, acompañó a Charlotte al Pensionnat Héger en Bruselas, donde
estudiarían francés y alemán, con la intención de abrir una escuela a su
regreso. El plan nunca prosperó. En 1846 las tres hermanas consiguieron
publicar un volumen conjunto de Poesías, con el seudónimo de Currer
(Charlotte), Ellis (Emily) y Acton (Anne) Bell. Un año después, en una edición
conjunta, aparecerían Cumbres Borrascosas (ALBA CLÁSICA MAIOR
núm. LXXIV; ALBA MINUS núm. 34) de Emily y Agnes Grey de Anne.
En 1848, a los treinta años, moriría de tuberculosis en Haworth.
Hablar de Cumbres borrascosas siempre tiene algo de reto. Es uno de esos clásicos que llegan rodeados de fama, de adaptaciones y de una imagen bastante equivocada de lo que realmente es la novela. Porque quien espere una historia romántica al uso probablemente se lleve una sorpresa.
Emily Brontë construye una historia
atravesada por la obsesión, el resentimiento, el orgullo y el deseo de
posesión. El amor está presente, claro, pero adopta una forma turbulenta y
destructiva que marca la vida de prácticamente todos los personajes.
La novela destaca especialmente por su
estructura narrativa. La historia llega al lector a través de distintos
narradores, lo que obliga a reconstruir los hechos poco a poco y aporta una
sensación constante de incertidumbre. Cada personaje parece contar una parte de
la verdad, pero nunca la verdad completa.
Otro de sus grandes aciertos es la
ambientación. Los páramos de Yorkshire, el viento, las tormentas y el
aislamiento terminan convirtiéndose en un personaje más de la novela. El
entorno refleja el carácter de sus habitantes y contribuye a crear una atmósfera
intensa que permanece durante toda la lectura.
En cuanto a los personajes, pocas
novelas clásicas presentan figuras tan complejas y tan difíciles de encasillar.
Heathcliff y Catherine siguen despertando debate más de siglo y medio después
precisamente porque resultan incómodos. No buscan caer bien al lector ni
convertirse en modelos de conducta. Sus decisiones suelen estar impulsadas por
emociones extremas y eso les da una fuerza literaria poco común.
Más allá de su fama como novela
romántica, Cumbres borrascosas sigue siendo una lectura fascinante por
la profundidad psicológica de sus personajes, por su construcción narrativa y
por la valentía con la que Emily Brontë rompió muchas de las convenciones de su
época.
Voy a ser sincera: si me hubieran
preguntado hace años qué recordaba de Cumbres borrascosas, seguramente
habría respondido algo parecido a "una historia de amor complicada en
medio de los páramos".
Después de leer esta edición, me he dado
cuenta de que recordaba muy poco.
Lo primero que me sorprendió fue lo
incómodos que son casi todos los personajes. Hay momentos en los que dan ganas
de cerrar el libro y decirles a todos que se sienten cinco minutos a pensar las
cosas antes de seguir destrozándose la vida unos a otros.
Y precisamente por eso funciona tan
bien.
Porque Heathcliff no es un héroe
romántico. Ni Catherine es la protagonista idealizada que muchas veces nos han
vendido. Son personajes llenos de orgullo, rabia, contradicciones y decisiones
terribles. Personas que se hacen daño constantemente y que terminan arrastrando
a todo el mundo a su alrededor.
También tengo que decir que la edición
ha influido muchísimo en mi experiencia de lectura.
La traducción de Carmen Martín Gaite me
ha parecido una auténtica maravilla. Tiene una fluidez que hace que una novela
publicada en 1847 se lea con una naturalidad sorprendente. En ningún momento
sentí esa distancia que a veces aparece con algunos clásicos.
Y la edición de Alba Editorial me ha
parecido una apuesta segura. Es una editorial que cuida mucho los
clásicos y que consiguen que acercarse a ellos resulte menos intimidante. El
texto respira, la lectura avanza con comodidad y da gusto tener el libro entre
las manos.
Al final me ha pasado una cosa curiosa:
cuanto más avanzaba, menos me importaba la historia de amor y más me
interesaban los personajes, sus rencores, sus obsesiones y la forma en que
Emily Brontë consigue meterte en una casa llena de gente empeñada en hacerse
daño.
Terminé el libro entendiendo
perfectamente por qué sigue generando tantas conversaciones. No me pareció una
novela romántica. Me pareció una novela sobre pasiones llevadas al extremo,
sobre heridas que nunca terminan de cerrarse y sobre personas incapaces de
dejar ir aquello que las destruye.
Y la verdad, cuando un libro publicado
hace casi dos siglos sigue consiguiendo todo eso, algo debió de hacer muy bien
Emily Brontë.



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