Las cinco heridas, de Kirstin Valdez Quade

 



Autora: Kirstin Valdez Quade
Traducción: Blanca Gago
A partide de 14 años 
Género: Juvenil
Editorial: Nórdica Libros
Páginas: 536

 

Injusticias y esperanza en Nuevo México. Una narración profunda y cargada de humor sobre la familia y las raíces.


Es Semana Santa en el pequeño pueblo de Las Penas, Nuevo México, y Amadeo Padilla, un desempleado de treinta y tres años, ha sido elegido para representar a Jesús en la procesión del Viernes Santo. Se prepara con fervor para este papel cuando su hija, Angel, de quince años, aparece embarazada en su puerta, trastocando sus planes de redención personal. A pocas semanas de dar a luz, la valiente y vivaz Angel ha huido de casa de su madre, dando un giro inesperado a su vida.
Vívida, tierna, divertida y bellamente narrada, Las cinco heridas abarca el primer año de vida del bebé, mientras convergen cinco generaciones de la familia Padilla, unos personajes inolvidables en una milagrosa novela de debut.

«Los personajes de esta fascinante novela están creados con detalles luminosos e inolvidables. El ritmo es perfecto, al igual que el tacto y el cuidado con que se desarrolla cada escena. Kirstin Valdez Quade, al concentrarse en la verdad de los pequeños momentos, ha logrado plasmar todo un mundo con nitidez». Colm Tóibín


(Albuquerque, Nuevo México).

Escritora estadounidense, ha recibido ha recibido una beca Guggenheim, una beca Lannan, el Premio John Guare del Fondo de Escritores de Roma de la Academia Americana en Roma y una beca Stegner en Stanford. Su obra ha aparecido en The New Yorker, The Best American Short Stories, The O. Henry Prize Stories y The New York Times, entre otras publicaciones. Es profesora asociada en la Universidad de Princeton y es la autora de Las cinco heridas, ganadora del Premio a la Primera Novela del Centro de Ficción y del Premio de la Fundación Familiar Rosenthal de la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras, de próxima aparición en Nórdica. Las cinco heridas fue nombrado Mejor Libro de 2021 por NPR, PBS News Hour, Publishers Weekly, Kirkus Reviews, Library Journal, Booklist y Book Riot.




Como opiniones hay muchas, voy a dar la mía.  

Hay heridas que no sangran, pero hacen bastante ruido

Amadeo Padilla tiene treinta y tres años, está desempleado, bebe más de lo que debería y acaba de recibir una oportunidad que, al menos sobre el papel, parece perfecta para empezar de nuevo: representar a Jesús en la procesión del Viernes Santo de Las Penas, un pequeño pueblo del norte de Nuevo México. Solo que la redención personal tiene la mala costumbre de complicarse cuando, justo antes de subir a la cruz, aparece tu hija de quince años embarazada.

Y Angel no llega precisamente para facilitarle el papel.

A partir de ahí, Kirstin Valdez Quade construye en Las cinco heridas una novela familiar que se extiende durante el primer año de vida del bebé y que reúne a varias generaciones de los Padilla. Amadeo, Angel, Yolanda y el resto de personajes cargan con sus propias dificultades, pero también con algo más difícil de detectar: las consecuencias de todo aquello que una generación deja sin resolver y que termina cayendo sobre la siguiente.

La autora consigue que una historia en la que aparecen el embarazo adolescente, el alcoholismo, la precariedad económica, la enfermedad, el machismo, la religión y la falta de oportunidades no se convierta en un catálogo de desgracias. Hay dolor, por supuesto, pero también humor, ternura y momentos cotidianos que hacen que los personajes respiren fuera de sus problemas.

Uno de los grandes aciertos está precisamente en esa mirada. Valdez Quade no presenta a sus personajes como buenos o malos, víctimas o culpables perfectamente delimitados. Son personas que se equivocan, que decepcionan, que intentan arreglar las cosas y que muchas veces vuelven a estropearlas antes de conseguirlo. Amadeo, especialmente, está muy lejos del héroe tradicional: quiere cambiar, pero querer cambiar y conseguirlo son dos asuntos bastante diferentes.

La religión funciona además como un marco simbólico que acompaña la historia sin ofrecer respuestas fáciles. Amadeo interpreta a Cristo mientras intenta comprender qué significa realmente responsabilizarse de su propia vida, y ahí aparece una de las preguntas centrales de la novela: ¿puede una persona cambiar de verdad o estamos condenados a repetir lo que hemos aprendido?

El escenario también tiene mucho peso. El norte de Nuevo México no funciona simplemente como decorado, sino como parte de la identidad de la familia y de una comunidad marcada por su historia, sus raíces y las desigualdades que condicionan las oportunidades de sus habitantes. La novela fue publicada originalmente en 2021 y nació de un cuento anterior de la autora publicado en The New Yorker.

Y quizá lo más interesante sea que Valdez Quade no busca una redención espectacular. Aquí no hay grandes discursos capaces de arreglar una vida en cinco minutos. Los cambios importantes llegan, cuando llegan, a través de cosas bastante menos cinematográficas: cuidar, quedarse, asumir una responsabilidad, pedir ayuda o intentar no repetir con tus hijos aquello que te hicieron a ti.


Mi opinión (sin filtros, como siempre)

Confieso que al principio Amadeo me produjo una mezcla bastante curiosa de desesperación y ganas de decirle: Amigo, empieza por recoger tu propia vida antes de intentar salvar la de los demás.

Porque este hombre se dispone a representar a Jesús y, mientras tanto, su vida personal parece haber decidido representar al caos.

Y ahí es donde Kirstin Valdez Quade me ha ganado.

Porque podría haber convertido a Amadeo en el típico personaje que hace las cosas mal y al que el lector termina despreciando, pero la autora hace algo mucho más interesante: consigue que lo entendamos incluso cuando nos dan ganas de zarandearlo. No necesariamente lo justificamos, pero empezamos a ver de dónde vienen sus errores y, sobre todo, lo difícil que resulta romper una cadena familiar cuando llevas toda la vida aprendiendo a vivir de esa manera.

Angel me ha interesado muchísimo. Tiene quince años, está embarazada y, aunque las circunstancias parecen haber decidido buena parte de su futuro por ella, hay en su forma de enfrentarse a lo que viene una fuerza que contrasta muchísimo con la inmadurez de su padre. Me ha gustado especialmente esa relación entre ambos, porque ninguno sabe muy bien cómo ocupar el lugar que le corresponde y los dos están aprendiendo a ser algo que todavía no saben cómo hacer.

Y luego está la familia, que es probablemente el gran corazón de esta novela. Una familia puede quererte muchísimo y, al mismo tiempo, hacerte muchísimo daño. Puede protegerte, condicionarte, sostenerte y transmitirte heridas que ni siquiera sabes que llevas encima. Los Padilla tienen un poco de todo eso.

He disfrutado mucho de cómo la autora mezcla momentos duros con otros sorprendentemente divertidos, porque consigue que la novela respire. Hay escenas en las que estás pensando en cuestiones bastante serias y, de repente, aparece un detalle que te hace sonreír y recuerdas que estas personas no son símbolos de nada: son personas intentando llegar al final del día sin liarla demasiado.

También me ha gustado que la novela no convierta la redención en un milagro instantáneo. Amadeo puede querer ser mejor padre, mejor hijo y mejor persona, pero eso no borra de golpe todo lo anterior. Y creo que ahí está una de las cosas más honestas de la historia: cambiar no consiste en tener una revelación; consiste en hacer algo diferente mañana, y volver a intentarlo pasado mañana.

Las cinco heridas me ha dejado esa sensación que dejan algunas novelas familiares cuando terminas y tienes la impresión de haber pasado demasiado tiempo dentro de una casa que ya conoces. Te encariñas con personas que a veces te desesperan, te enfadas con ellas, las comprendes, vuelves a enfadarte y, cuando llega el momento de cerrar el libro, te sorprendes pensando qué estarán haciendo ahora.

Porque quizá esa sea la verdadera herida de esta historia: que nadie nos enseña a querer sin repetir aquello que nos hizo daño.

Y aprender a hacerlo puede ser mucho más difícil que subir a una cruz un Viernes Santo.

 

 Natalia Sancho.   


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