Autor: Becky ChambersTraducción: Alexander Páez GarcíaGénero: Ciencia Ficción / Colección RunasEditorial: Alianza EditorialPáginas:448Fecha de publicación: 7 de mayo de 2026
Premio Hugo de 2019 a la mejor serie.
Rosemary Harper no tiene muy claro qué esperar de la tripulación de la nave La
Peregrina. Aunque esta destartalada nave ha pasado por mejores épocas, pone un
techo sobre su cabeza, la oportunidad de explorar los confines de la galaxia y,
lo mejor de todo, la puede alejar de su pasado. Esta introspectiva y reservada
joven no ha conocido jamás a nadie como sus diversos compañeros de viaje, como
Sissix, la exótica piloto reptiliana; los locuaces ingenieros Hizzy y Jenkis, encargados
de que la nave no se caiga a pedazos; y Ashby el noble capitán de todos ellos.
La vida a bordo de La Peregrina es caótica y loca, exactamente lo que Rosemary
busca. Pero también está a punto de volverse extremadamente peligrosa cuando se
les ofrece el trabajo más lucrativo de su vida perforando agujeros de gusano
por la galaxia para conectar planetas lejanos. En el espacio profundo, la
pequeña Peregrina tendrá que ennfrentarse a una miríada de problemas y
aventuras en las que la tripulación aprenderá a confiar los unos en los otros.
Si Rosemary quiere sobrevivir, tendrá que aprender a confiar en esta amalgama
de extraños compañeros, una experiencia que le enseñará que a lo mejor tener
una familia no es lo peor que te puede pasar en el universo.
Becky Chambers creció en California como la hija de un profesor de astrobiología y una ingeniera aerospacial. Esta novela, su debut, la publicó financiándola en Kickstarter en 2012. Sus libros han sido nominados y han ganado múltiples premios como el Kitschies, el Hugo, el Locus, el Nébula y el Julia Verlanger. Tras vivir en Escocia y en Islandia, ahora Becky ha vuelto a casa donde vive con su esposa. Es una devota de los videojuegos y los juegos de mesa y disfruta pasando su tiempo libre en la naturaleza. Espera poder ver la Tierra desde el espacio algún día.
Hay libros de ciencia ficción que se
empeñan en demostrarte lo inteligentes que son a base de batallas espaciales,
tecnología imposible y páginas y páginas de explicaciones sobre cómo funciona
el universo. Y luego está El largo viaje a un pequeño planeta iracundo,
que decide hacer algo mucho más difícil: hablar de personas, de vínculos y de
sentirse en casa, aunque estés a años luz de cualquier lugar que hayas
conocido.
Porque sí, aquí hay agujeros de gusano, especies alienígenas, conflictos políticos y viajes interestelares, pero, sinceramente, eso es casi el decorado. Lo importante es la tripulación de la Peregrina. Esa panda de inadaptados, raros, entrañables y tremendamente humanos, aunque algunos tengan escamas, varias extremidades o una biología bastante complicada de explicar, que terminan convirtiéndose en una familia elegida. Y eso es precisamente lo que más me ha gustado del libro.
Becky Chambers tiene una forma de escribir que resulta muy acogedora. Como si te invitara a sentarte a la mesa con todos ellos, compartir una comida, escuchar sus historias y descubrir poco a poco quiénes son realmente. No hay grandes héroes, ni elegidos, ni personajes perfectos. Hay gente intentando hacer lo mejor que puede, cargando con sus errores, sus pérdidas y sus propias contradicciones. Y funciona. Muchísimo.
La novela tiene un ritmo pausado,
incluso contemplativo en algunos momentos, algo que quizá sorprenda a quienes
esperen una space opera llena de acción constante. Pero precisamente ahí está
su encanto. Es una historia que disfruta de las conversaciones, de los pequeños
gestos y de los momentos cotidianos. De ver cómo se construye una amistad, cómo
se aprende a convivir con quien es completamente distinto a ti o cómo se puede
encontrar un hogar en lugares inesperados.
Además, Chambers construye un universo
fascinante sin necesidad de abrumar al lector. Hay multitud de especies,
culturas y formas de entender el mundo, pero todo se presenta con naturalidad,
sin sensación de manual enciclopédico ni de clase magistral de ciencia ficción.
Y debo admitir que hacía tiempo que no leía una novela de ciencia ficción tan optimista. No ingenua, sino optimista. Porque habla de convivencia, de empatía, de diversidad y de la posibilidad de entendernos incluso cuando nuestras diferencias parecen enormes. En tiempos donde muchas historias del género tienden hacia futuros oscuros y distópicos, encontrarse con una propuesta tan cálida resulta casi refrescante.
Eso sí, si alguien busca una trama
vertiginosa o una historia llena de giros sorprendentes, quizá aquí no
encuentre exactamente eso. El largo viaje a un pequeño planeta iracundo es
más una experiencia que una aventura al uso. Es un libro que disfrutas
por la compañía, por el ambiente y por la sensación de querer quedarte un rato
más en ese universo cuando llegas a la última página.
Y al final pasa algo curioso: terminas
echando de menos a la tripulación de la Peregrina como si fueran amigos con los
que has compartido unas vacaciones especialmente largas y especialmente
bonitas.
No esperaba enamorarme tanto de una nave espacial destartalada. Ni de una piloto reptiliana. Ni de un cocinero que también es médico. Ni de una inteligencia artificial que solo quiere que la traten como a cualquier otro ser vivo. Pero aquí estamos.
Creo que este libro me ha hecho entender
por qué tanta gente habla del cozy sci-fi como si fuera un abrazo
literario, porque es exactamente eso.
Es ciencia ficción, sí, pero también es
sentarte con una taza de té mientras acompañas a un grupo de personajes a
trabajar, discutir, enamorarse, meter la pata y cuidarse entre ellos.
Y madre mía cómo se les coge cariño.
Llegó un momento en el que me daba bastante igual el planeta iracundo del título, los contratos millonarios o los agujeros de gusano. Yo solo quería seguir pasando tiempo con la tripulación. Quería más cenas incómodas. Más conversaciones absurdas. Más momentos de convivencia. Más Peregrina. Y eso me parece un mérito enorme.
Porque Becky Chambers consigue algo que
no es nada fácil: que una novela ambientada en el espacio profundo se sienta
increíblemente cercana.
Es un libro amable, sí, pero no por eso superficial. Habla de racismo, de identidad, de relaciones, de pertenencia, de maternidad, de diferencias culturales y de qué significa encontrar tu sitio en el universo sin necesidad de darte discursos ni sermones. Simplemente te lo muestra. Y funciona de maravilla.
Al cerrar el libro sentí una melancolía que solo dejan las historias con personajes muy bien construidos: la de pensar «bueno, ¿y ahora qué hago yo sin esta gente?»
Y sinceramente, creo que ese es el mejor cumplido que puedo hacerle a una novela.
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