Autor: Kiyoko MurataTraducción: Makiko Sese y Daniel VillaGénero: Ficción ContemporáneaEditorial: Hermida EditoresPáginas: 198Colección: El Jardín de Epicuro - Ficción
Premio Tanizaki 2019
En una pequeña isla olvidada, que antaño
prosperó debido a la industria pesquera y que hoy se hunde en la decadencia,
sólo permanecen libres dos mujeres buceadoras, a las que la hija de una de
ellas trata de sacar de allí. Ambas se sumergen a diario para ganarse el
sustento.
Yōjyō, situada en el extremo del mar de Japón, cerca de las fronteras con Corea
y China, recibe a veces barcos extranjeros y sufre un clima cada vez más
hostil, agravado por los efectos del cambio climático. Aun así, las ancianas,
de 92 y 88 años, se niegan a abandonar el remoto islote donde nacieron y donde
sus hombres murieron tragados por las olas, cuyas almas perviven en la
naturaleza, en cormoranes y otros animales que lo permean todo.
Llevan una vida sencilla, sostenida por una fortaleza silenciosa. Por la mañana
trabajan los cultivos del acantilado, y el resto del tiempo alternan el buceo
con rituales y bailes ancestrales, como si obedecieran los susurros del mundo
en el que habitan, tratando de liberar sus almas. Sus vidas transcurren
alejadas del resto del mundo, en los bellos paisajes de sus antepasados. Han
elegido la libertad y vivir la vida de los que vuelan en sus bailes y bajo las
olas.
La obra fue galardonada con el Premio Tanizaki, y su autora es una de las
escritoras vivas más premiadas de Japón.
Kiyoko Murata nació en 1945 en Yahata,
ciudad de Kitakyūshū, prefectura de Fukuoka. Fue criada por sus abuelos: sus
padres se divorciaron antes de que ella naciera. La posterior boda de su madre
la dejó al cuidado permanente de sus abuelos, por lo que desarrolló un fuerte
vínculo afectivo con su abuela. Se graduó de la secundaria Hanao en Yahata y
comenzó a trabajar en una fábrica siderúrgica, clave en el desarrollo
industrial de Japón desde inicios del siglo xx. Su vida laboral fue muy
variada: desde repartidora de periódicos hasta camarera de cafetería y
taquillera de cine. Actualmente reside en Nakama.
Su trayectoria literaria despegó tras
recibir el Premio de Literatura del Festival de Arte de Kyūshū en 1977, con la
obra Suichū no koe (La voz dentro del agua). Fundó la
revista privada Happyō (Publicación) en 1985, donde
vieron la luz sus primeras obras, que luego tuvieron muy buena acogida en la
aclamada revista literaria Bungakukai (Mundo de la
Literatura). Después de dos nominaciones, obtuvo el Premio Akutagawa en
1987 con Nabe no naka (Dentro del caldero).
Murata ha sido reconocida con numerosos
premios literarios, incluyendo el Premio Noma de Literatura en 2010 por Kokyō
no wagaya (Mi hogar del pueblo), el Premio Yomiuri en 2014
por Yūjyokō (Mujer de placer) que se publicará en 2025,
y el Premio Tanizaki en 2019 por Hizoku (Los que vuelan),
que se publicará en 2026. Además, recibió la Medalla de Honor con cinta morada
en 2007 y la Orden del Sol Naciente en 2016 del gobierno japonés. Es miembro de
la Academia de Arte de Japón.
No pasa casi nada. Y, sin embargo,
cuesta muchísimo dejar de leer.
Creo que esa es la mejor forma de
explicar Los que vuelan. Si me preguntas de qué trata, tendría
que decirte que habla de dos ancianas que viven en una pequeña isla japonesa
casi deshabitada, que siguen buceando para ganarse la vida y que se niegan a
abandonarla, aunque el mundo a su alrededor lleve años diciéndoles que ya no
queda futuro allí.
Sobre el papel no parece una novela de las que te atrapan pero en la práctica, ocurre justo lo contrario.
Kiyoko Murata construye una historia
donde el verdadero conflicto no nace de grandes acontecimientos, sino de algo
mucho más difícil de escribir: el vínculo que una persona puede llegar a tener
con el lugar donde ha vivido toda su vida. Porque Yōjyō no es simplemente una
isla. Es memoria, identidad, duelo, libertad y también resistencia frente a un
mundo que parece avanzar dejando atrás todo aquello que no produce, no crece o
no resulta rentable.
Las protagonistas, Io y Yuki, pertenecen
a esa generación de ama, las tradicionales buceadoras japonesas que
durante décadas se sumergieron en el mar para recoger orejas de mar y otros
moluscos. Con más de noventa años siguen haciéndolo con la misma naturalidad
con la que riegan el huerto, preparan la comida o participan en antiguos
rituales que apenas sobreviven gracias a ellas.
Frente a esa forma de entender la vida
aparece Umiko, la hija de Io, decidida a convencer a su madre de que abandone
la isla antes de que sea demasiado tarde. Y ahí surge el gran dilema de la
novela: ¿qué significa realmente marcharse? ¿Es cambiar de casa... o renunciar
a una parte de uno mismo?
Murata aborda cuestiones como la
despoblación rural, el envejecimiento, el cambio climático, la desaparición de
las tradiciones o el desarraigo sin convertir la novela en un ensayo ni en un
discurso reivindicativo. Todo aparece integrado con una naturalidad admirable,
dejando que sean los propios personajes quienes expliquen el peso de esas
pérdidas simplemente viviendo.
Otro de los grandes aciertos del libro
es la manera en que aborda el tema de la naturaleza. El mar no
funciona como un paisaje bonito de fondo. Es quien alimenta, castiga, recuerda
y acompaña. Los pájaros, el viento, los acantilados y las mareas forman parte
de una misma conversación que lleva siglos produciéndose mucho antes de que el
lector llegue a la isla.
El ritmo es sereno, incluso
contemplativo, y exige aceptar que aquí la emoción no nace de la tensión
narrativa, sino de la observación. No es tu novela si buscas giros
constantes o acción, pero sí lo será si disfrutas de las historias donde las emociones
se construyen despacio y permanecen mucho tiempo después de cerrar el libro.
Con menos de doscientas páginas, Los
que vuelan demuestra que la literatura también puede ser un lugar para detenerse un momento mientras todo lo demás sigue corriendo.
Me pasé medio libro preguntándome por qué demonios nadie quería irse de esa isla.
Cuando terminé, ya no me hacía esa pregunta. La entendía perfectamente porque Kiyoko Murata consigue hacer que acabes sintiendo cariño por un lugar donde, sinceramente, yo probablemente no aguantaría ni una semana. Una isla pequeña, aislada, cada vez más vacía, castigada por el mar y por un futuro que parece empeñado en borrar todo lo que representa. Y, aun así, terminé pensando que quizá ellas tenían razón.
Me ha fascinado cómo la autora habla del
paso del tiempo sin convertir la vejez en un drama ni en un símbolo de
fragilidad. Io y Yuki no necesitan demostrar nada a nadie. Siguen viviendo como
siempre, bajando al mar, trabajando la tierra, bailando ceremonias heredadas de
generaciones anteriores y recordando a quienes ya no están con una naturalidad
que resulta preciosa.
En esta historia no hay épica, no hay grandes discursos, no hay personajes empeñados en explicar lo que sienten durante tres páginas. Solo personas viviendo. Y, curiosamente, eso emociona muchísimo más.
También me ha gustado que la novela
nunca señale quién tiene razón. Entiendes perfectamente a Umiko cuando intenta
convencer a su madre para que abandone la isla. Yo probablemente haría
exactamente lo mismo. Pero también entiendes a cuando responde, sin
necesidad de grandes explicaciones, que hay lugares que no se abandonan porque
hacerlo sería dejar atrás algo mucho más importante que una casa.
Y luego está el mar. Qué manera de escribir el mar.
Hacía tiempo que no leía una novela en
la que el paisaje tuviera tanto peso. No está ahí para decorar la historia.
Está respirando constantemente junto a los personajes. A veces protege. A veces
amenaza. A veces guarda silencio. Y otras parece recordar a quienes
desaparecieron bajo sus aguas mejor que cualquier monumento.
Terminé el libro con una extraña sensación difícil de explicar. No era tristeza y tampoco nostalgia exactamente. Era más bien
la impresión de haber conocido un mundo que existe, pero que quizá dentro de
unos años ya no será igual. Como si hubiera visitado un lugar justo antes de
que alguien apagara la luz.
Y creo que esa es la magia de Los que vuelan. Que no intenta impresionarte ni busca dejarte con la boca abierta. Simplemente te invita a caminar despacio, escuchar el viento, mirar el mar un rato más de lo habitual y preguntarte qué significa realmente pertenecer a un lugar.
Y cuando cierras el libro, comprendes que no has dejado atrás la isla; es ella la que ha decidido quedarse contigo.
— Natalia Sancho.
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