Guardianas, diosas y mujeres que nunca
tuvieron demasiada intención de quedarse calladas
Si durante siglos alguien se ha dedicado
a contar historias sobre mujeres que viven en cuevas, hablan con el agua, curan
enfermedades, protegen los bosques o aparecen cuando menos conviene, quizá ha
llegado el momento de escuchar la historia desde el otro lado.
Guardianas de las tierras del norte, de Verónica García-Peña y Javier
Solís, se adentra en la mitología asturiana y vasca a través de figuras como Mari
y la Vieya, el Eguzkilore, las lamias y las sirenas, las xanas y las brujas,
recuperando historias y creencias que han ido cambiando con el paso del tiempo.
El libro se detiene precisamente en esa transformación y en la manera en que
muchas de estas figuras fueron adquiriendo nuevas interpretaciones hasta quedar
asociadas al miedo, la superstición o la amenaza.
La propuesta resulta especialmente
interesante porque pone en relación dos tradiciones que comparten muchos
elementos y lo hace desde una perspectiva centrada en la importancia de lo
femenino dentro del mito y de la tradición oral. Los autores se detienen en las
criaturas, las creencias y los relatos, pero también en la transformación que
sufrieron estas figuras a lo largo de los siglos y en la manera en que
determinadas mujeres que se salían de las normas podían terminar convertidas en
seres incómodos dentro del imaginario popular.
Y aquí aparece una de las
particularidades del libro: Guardianas de las tierras del norte no se
queda únicamente en la divulgación. Cada capítulo incorpora un cuento original
que recoge el ambiente de las antiguas leyendas y lo lleva a un territorio
nuevo, creando un diálogo muy interesante entre investigación y ficción.
El resultado es un libro híbrido,
accesible y muy narrativo, que permite acercarse a la mitología sin necesidad
de ponerse previamente un jersey de profesor universitario y preparar tres
cafés para enfrentarse a él. La parte divulgativa aporta contexto y
conocimiento; los relatos aportan atmósfera, imaginación y esa sensación de
estar escuchando una historia antigua mientras fuera empieza a llover.
Además, las ilustraciones de Sandra
Márquez tienen un papel importante dentro del conjunto. No funcionan únicamente
como acompañamiento visual, sino que ayudan a construir ese imaginario de
bosques, criaturas, mujeres y paisajes del norte que atraviesa todo el libro.
Mi opinión (sin filtros, como siempre)
Tengo que empezar diciendo que con
Verónica García-Peña ya tenía cierta ventaja, porque había leído anteriormente El carácter peculiar de algunas cosas y La isla de las musas, dos
libros bastante diferentes entre sí y que, precisamente por eso, me habían
permitido descubrir facetas muy distintas de su escritura.
En El carácter peculiar de algunas
cosas me conquistó esa manera de convertir objetos, colores y situaciones
aparentemente cotidianas en pequeñas historias cargadas de emoción, misterio y
un puntito de humor negro. La isla de las musas, en cambio, me llevó por
un territorio mucho más oscuro, atmosférico y cercano al misterio gótico, con
esa Galicia de lluvia, niebla, mar y secretos que parecía empeñada en no dejar
dormir tranquilo a nadie.
Así que cuando llegó Guardianas de
las tierras del norte tenía claro que quería leerlo, pero además había un
motivo todavía más personal: yo soy del norte y me encanta la mitología.
Me fascinan las leyendas que han sobrevivido en nuestros pueblos, las historias
que se han contado durante generaciones y esa forma tan nuestra de llenar
montes, cuevas, bosques, fuentes y caminos de criaturas que quizá no aparecen
en ninguna guía turística, pero que forman parte de la memoria de los lugares. Y aquí he disfrutado muchísimo.
Porque encontrarse con Mari, con
la Vieya, con Eguzkilore, con la Xana, con las Lamias,
con las Sorginak o con las Bruxes o con chupadoras de sangre es
adentrarse directamente en ese norte donde la naturaleza nunca ha sido
simplemente un paisaje.
Mari, con toda su fuerza y sus
diferentes rostros, me parece especialmente fascinante. También me ha gustado
detenerme en la Vieya y en Eguzkilore, porque detrás de estas figuras hay toda
una manera de entender la naturaleza, la protección y aquello que nuestros
antepasados no podían explicar de otra manera.
Y luego están las Xanas, las Lamias, las
Sorginak y las Bruxes, con todo ese imaginario que durante siglos ha mezclado
miedo, respeto, fascinación y superstición. Algunas fueron convertidas en
criaturas peligrosas, otras en seres mágicos y otras quedaron atrapadas bajo
etiquetas que terminaron ocultando buena parte de lo que representaban
originalmente.
Eso es precisamente una de las cosas que
más me ha gustado del libro: mirar a estas mujeres y criaturas desde otro
lugar, intentando recuperar qué significaban antes de que los siglos las
llenaran de miedo.
Porque una mujer que conoce las plantas
puede ser una curandera. Pero también puede convertirse en una
bruja.
Una mujer que vive fuera de las normas
puede ser una sabia. O una amenaza.
Y quizá ahí esté una de las preguntas
más interesantes que deja el libro: cuánto de lo que creemos saber sobre estas
figuras procede de la tradición original y cuánto fue cambiando con el tiempo
según quién contaba la historia.
Además, me ha encantado que el libro no
se limite a explicarnos las leyendas, porque los cuentos originales que cierran
cada capítulo consiguen que todo ese imaginario vuelva a respirar. Después de
leer sobre una criatura, una creencia o una tradición, encontrártela
transformada en relato hace que quieras seguir caminando por ese bosque un poco
más.
Y eso, para alguien a quien le gustan
tanto las leyendas como a mí, es peligroso. Porque empiezas leyendo
tranquilamente sobre mitología vasca y asturiana y terminas pensando que quizá
deberías investigar qué criaturas viven cerca de tu casa.
También he disfrutado muchísimo de la
conexión entre la mitología vasca y la asturiana. Son tradiciones que
pertenecen a territorios diferentes, pero que comparten una relación muy
poderosa con la naturaleza, la oralidad y esas historias que pasan de generación
en generación y sobreviven incluso cuando ya casi nadie recuerda quién empezó a
contarlas.
Quizá por eso este libro me ha tocado
especialmente. Porque habla del norte que conozco y del norte que me gusta,
ese norte de montañas, lluvia, bosques, mar, cuevas, caminos y leyendas que
parece guardar una historia detrás de cada esquina.
Después de haber leído a Verónica
García-Peña en registros tan diferentes como El carácter peculiar de algunas
cosas y La isla de las musas, me ha gustado volver a encontrarme con
su escritura en un territorio que siento tan cercano.
Y si además me das mitología, tradición
oral, mujeres, criaturas, leyendas y norte…
Bueno.
Ya puedes imaginar que tenía muy pocas
posibilidades de salir de aquí sin querer seguir leyendo sobre Mari, Lamias,
Xanas y Sorginak durante unas cuantas horas más.
Porque hay lugares que tienen historia.
Y luego está el norte, que además tiene
leyendas.
— Natalia Sancho.