Hay heridas que no sangran, pero hacen
bastante ruido
Amadeo Padilla tiene treinta y tres
años, está desempleado, bebe más de lo que debería y acaba de recibir una
oportunidad que, al menos sobre el papel, parece perfecta para empezar de
nuevo: representar a Jesús en la procesión del Viernes Santo de Las Penas, un
pequeño pueblo del norte de Nuevo México. Solo que la redención personal tiene
la mala costumbre de complicarse cuando, justo antes de subir a la cruz,
aparece tu hija de quince años embarazada.
Y Angel no llega precisamente para
facilitarle el papel.
A partir de ahí, Kirstin Valdez Quade
construye en Las cinco heridas una novela familiar que se extiende
durante el primer año de vida del bebé y que reúne a varias generaciones de los
Padilla. Amadeo, Angel, Yolanda y el resto de personajes cargan con sus propias
dificultades, pero también con algo más difícil de detectar: las consecuencias
de todo aquello que una generación deja sin resolver y que termina cayendo
sobre la siguiente.
La autora consigue que una historia en
la que aparecen el embarazo adolescente, el alcoholismo, la precariedad
económica, la enfermedad, el machismo, la religión y la falta de oportunidades
no se convierta en un catálogo de desgracias. Hay dolor, por supuesto, pero
también humor, ternura y momentos cotidianos que hacen que los personajes
respiren fuera de sus problemas.
Uno de los grandes aciertos está
precisamente en esa mirada. Valdez Quade no presenta a sus personajes como
buenos o malos, víctimas o culpables perfectamente delimitados. Son personas
que se equivocan, que decepcionan, que intentan arreglar las cosas y que muchas
veces vuelven a estropearlas antes de conseguirlo. Amadeo, especialmente, está
muy lejos del héroe tradicional: quiere cambiar, pero querer cambiar y
conseguirlo son dos asuntos bastante diferentes.
La religión funciona además como un
marco simbólico que acompaña la historia sin ofrecer respuestas fáciles. Amadeo
interpreta a Cristo mientras intenta comprender qué significa realmente
responsabilizarse de su propia vida, y ahí aparece una de las preguntas
centrales de la novela: ¿puede una persona cambiar de verdad o estamos
condenados a repetir lo que hemos aprendido?
El escenario también tiene mucho peso.
El norte de Nuevo México no funciona simplemente como decorado, sino como parte
de la identidad de la familia y de una comunidad marcada por su historia, sus
raíces y las desigualdades que condicionan las oportunidades de sus habitantes.
La novela fue publicada originalmente en 2021 y nació de un cuento anterior de
la autora publicado en The New Yorker.
Y quizá lo más interesante sea que
Valdez Quade no busca una redención espectacular. Aquí no hay grandes discursos
capaces de arreglar una vida en cinco minutos. Los cambios importantes llegan,
cuando llegan, a través de cosas bastante menos cinematográficas: cuidar,
quedarse, asumir una responsabilidad, pedir ayuda o intentar no repetir con tus
hijos aquello que te hicieron a ti.
Mi opinión (sin filtros, como siempre)
Confieso que al principio Amadeo me
produjo una mezcla bastante curiosa de desesperación y ganas de decirle: Amigo,
empieza por recoger tu propia vida antes de intentar salvar la de los demás.
Porque este hombre se dispone a
representar a Jesús y, mientras tanto, su vida personal parece haber decidido
representar al caos.
Y ahí es donde Kirstin Valdez Quade me
ha ganado.
Porque podría haber convertido a Amadeo
en el típico personaje que hace las cosas mal y al que el lector termina
despreciando, pero la autora hace algo mucho más interesante: consigue que lo
entendamos incluso cuando nos dan ganas de zarandearlo. No necesariamente lo
justificamos, pero empezamos a ver de dónde vienen sus errores y, sobre todo,
lo difícil que resulta romper una cadena familiar cuando llevas toda la vida
aprendiendo a vivir de esa manera.
Angel me ha interesado muchísimo. Tiene
quince años, está embarazada y, aunque las circunstancias parecen haber
decidido buena parte de su futuro por ella, hay en su forma de enfrentarse a lo
que viene una fuerza que contrasta muchísimo con la inmadurez de su padre. Me
ha gustado especialmente esa relación entre ambos, porque ninguno sabe muy bien
cómo ocupar el lugar que le corresponde y los dos están aprendiendo a ser algo
que todavía no saben cómo hacer.
Y luego está la familia, que es
probablemente el gran corazón de esta novela. Una familia puede quererte
muchísimo y, al mismo tiempo, hacerte muchísimo daño. Puede protegerte,
condicionarte, sostenerte y transmitirte heridas que ni siquiera sabes que llevas
encima. Los Padilla tienen un poco de todo eso.
He disfrutado mucho de cómo la autora
mezcla momentos duros con otros sorprendentemente divertidos, porque consigue
que la novela respire. Hay escenas en las que estás pensando en cuestiones
bastante serias y, de repente, aparece un detalle que te hace sonreír y
recuerdas que estas personas no son símbolos de nada: son personas
intentando llegar al final del día sin liarla demasiado.
También me ha gustado que la novela no
convierta la redención en un milagro instantáneo. Amadeo puede querer ser mejor
padre, mejor hijo y mejor persona, pero eso no borra de golpe todo lo anterior.
Y creo que ahí está una de las cosas más honestas de la historia: cambiar no
consiste en tener una revelación; consiste en hacer algo diferente mañana, y
volver a intentarlo pasado mañana.
Las cinco heridas me ha dejado esa sensación que dejan
algunas novelas familiares cuando terminas y tienes la impresión de haber
pasado demasiado tiempo dentro de una casa que ya conoces. Te encariñas con
personas que a veces te desesperan, te enfadas con ellas, las comprendes,
vuelves a enfadarte y, cuando llega el momento de cerrar el libro, te
sorprendes pensando qué estarán haciendo ahora.
Porque quizá esa sea la verdadera herida
de esta historia: que nadie nos enseña a querer sin repetir aquello que nos
hizo daño.
Y aprender a hacerlo puede ser mucho más
difícil que subir a una cruz un Viernes Santo.
— Natalia Sancho.