Autora: Laura K. RomaIdioma: CastellanoGénero: RománticaEditorial: ContraluzPáginas: 440Fecha de publicación: 01 de abril de 2026
Él es un guiri.
Ella odia a todos los guiris.
Y el destino se ha empeñado en hacerles
compartir rellano.
Mudarse a Barcelona nunca estuvo en los
planes de él. Sumido en una culpa que lo ahoga, decide cumplir un sueño que no
es el suyo y alquilar un piso cerca de su nuevo negocio. Lo que no esperaba es
que su vecina esté empeñada en hacerle la vida imposible, ni mucho menos que
devolverle todo lo que ella le hace a él sea lo único que le permita volver a
sentir algo.
Pero ella tampoco lo tiene fácil.
Atrapada en una vida que nunca quiso, escoge dejarlo todo atrás y luchar por su
sueño de convertirse en una chef de alta cocina cuando la pérdida y la rabia la
sobrepasan. Mientras tanto, ve cómo el barrio en el que se crio se marchita.
Siente que el turismo masivo se lo ha quitado todo: la Barcelona que ella
conoce, los lugares que visitaba con la persona a la que más quería en el
mundo, su local soñado e incluso el piso en el que iba a vivir.
Lo que ninguno sabe es que comparten
mucho más de lo que piensan: un dolor que arrasa con todo lo que un día fueron
y que les consume por dentro. Y ¿acaso no son la rabia y la culpa caras
distintas de una misma moneda?
Laura K. Roma (1997) nació en un pequeño pueblo del noroeste de Cataluña, pero siempre ha sido un poco nómada. Tras una temporada en el extranjero, actualmente reside en Barcelona, la ciudad que siempre sintió como su hogar y que ha inspirado esta novela. Además de ser una ávida lectora desde muy pequeña, Laura escribió su primer fanfiction a los once, pero nunca se atrevió a pensar en este arte como algo más que un hobby. Estudió Publicidad y Relaciones Públicas, lo que le permitió escribir a diario. Hasta que, en 2024, durante una época personal complicada, volvió a encontrar un refugio en crear sus propias historias. Tras formarse en la Escuela de Escritores, decidió saltar al vacío. Y en el proceso descubrió que, cuando de pequeña le preguntaban: '¿qué quieres hacer cuando seas mayor?' y ella respondía: 'ser periodista', lo que de verdad quería decir era: 'compartir mis historias con el mundo'.
Barcelona suele aparecer en las novelas
como un escenario bonito. El mar, las calles del Born, los cafés con encanto y la
luz que parece convencer a cualquiera de mudarse allí mañana mismo. Laura K.
Roma decide mirar la ciudad desde otro sitio, uno bastante menos fotogénico: el
de las personas que sienten que cada piso turístico, cada alquiler imposible y
cada persiana bajada les va borrando un pedazo del barrio donde crecieron.
Con esa idea construye una historia que,
sobre el papel, podría parecer una comedia romántica de vecinos condenados a
entenderse. Ella detesta todo lo que representa él. Él aterriza en Barcelona
cargando con una culpa que ni siquiera sabe cómo dejar atrás. Comparten
edificio, se cruzan constantemente y tardan muy poco en convertir el rellano en
un pequeño campo de batalla donde las pullas vuelan con bastante más facilidad
que las buenas intenciones.
Lo interesante es que la novela nunca
utiliza ese enfrentamiento como un simple juego romántico. Poco a poco,
mientras las bromas dejan paso a conversaciones más incómodas y las certezas
empiezan a resquebrajarse, la historia descubre que ambos llevan demasiado
tiempo intentando sobrevivir a pérdidas distintas, y que la rabia y la culpa,
aunque parezcan emociones opuestas, se parecen mucho más de lo que cualquiera
de los dos estaría dispuesto a admitir.
La autora encuentra un equilibrio muy
difícil de conseguir. El conflicto social está presente desde la primera
página, pero nunca se convierte en un discurso que interrumpa la narración;
forma parte del paisaje emocional de los personajes, explica muchas de sus
decisiones y hace que el romance tenga un peso diferente, mucho más pegado a la
realidad de quienes buscan un lugar al que poder llamar hogar.
Hay una cosa que me hizo muchísima
gracia mientras leía este libro, y es que empecé convencidísima de que iba a
ponerme del lado de Amarrugada casi sin pensarlo. Pensé: "Bueno, pobre
chica, aparece un guiri, le ocupa el edificio, le cambia la vida... blanco y en
botella." El problema llegó cuando Guiripollas decidió tener
personalidad, sentido del humor y la mala costumbre de desmontar todos los
prejuicios que yo misma había construido en apenas dos capítulos.
Eso convirtió la lectura en algo
bastante más divertido de lo que esperaba, porque dejé de buscar quién tenía
razón y empecé simplemente a disfrutar viendo cómo dos personas que no podían
soportarse iban descubriendo que, debajo de toda esa colección de pullas,
sarcasmos y pequeñas venganzas de vecinos, había dos formas muy distintas de
gestionar exactamente el mismo dolor.
Me encanta cuando un romance entiende
que enamorarse no consiste únicamente en mirarse mucho a los ojos. Aquí los
personajes necesitan tiempo para equivocarse, para juzgarse mal, para sacar la
peor versión de sí mismos y, solo cuando ya no les queda demasiada energía para
seguir peleando, empezar a escuchar al otro de verdad. Esa evolución me resultó
muchísimo más creíble que muchos romances donde todo cambia después de un beso
especialmente bonito.
También disfruté muchísimo con los
secundarios, porque tenían vida propia y daba la impresión de que seguirían existiendo,
aunque la historia dejara de mirar hacia ellos. En ningún momento parecen
colocados ahí únicamente para empujar la trama, y hace que Barcelona termine
sintiéndose como una ciudad habitada y no como un decorado.
Quizá hubo algún momento en el que me
costó conectar del todo con determinadas reacciones del protagonista, pero fue
una de esas pequeñas reservas que no cambian la impresión general de una
lectura. Cerré el libro convencida de haber leído un romance que se atreve a
hablar de cosas incómodas sin dejar de ser un romance, y eso me parece bastante
más difícil de conseguir de lo que parece.
— Natalia Sancho.


















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