Autor: Mijaíl BulgákovTraducción: Amaya Lacasa SanchaPublicación: 14 de mayo de 2026Editorial: Alianza EditorialGénero: Ficción ClásicaPáginas: 520
Esta novela incomparable ha suscitado el entusiasmo de millares de lectores desde su primera publicación. Un gato gigantesco y malévolo y un amor que desafía a la misma muerte convierten cada página en un asombroso juego de realidad y fantasía. Una noche, el Diablo llega a Moscú acompañado de una extravagante corte, donde destaca un gigantesco gato negro que camina sobre dos patas y fuma puros. Burlón, mordaz y sorprendentemente inteligente, este gato no se limita a observar: interviene en las mediocres vidas de los mortales, desencadenando las más disparatadas peripecias. Al mismo tiempo, el romance imposible entre el Maestro, un escritor perseguido por su obra, y Margarita, capaz de pactar con fuerzas desconocidas, se entrelaza con la irrupción de lo sobrenatural en la rutina cotidiana. "El maestro y Margarita" no solo es una sátira brillante de la sociedad soviética -con su población hambrienta, sus burócratas estúpidos, sus funcionarios aterrados y sus artistas corruptos-, sino también una obra maestra lúcida y deslumbrante que combina como ninguna otra ironía, terror y magia. "A esa hora, cuando parecía que no había fuerzas ni para respirar, cuando el sol, después de haber caldeado Moscú, se derrumbaba en un vaho seco detrás de la Sadóvaya, nadie pasaba bajo los tilos, nadie se sentaba en un banco: el bulevar estaba desierto".
Como tantos otros creadores e intelectuales de la Unión Soviética, Mijaíl Bulgákov (1891-1940) fue hostigado y perseguido por sus críticas al sistema. Por ello no vio publicada en vida su obra maestra, "El maestro y Margarita", que sólo pudo ver la luz de forma póstuma en 1966.
Existen todo tipo de libros. Libros que
se leen y libros que se estudian. Y, de vez en cuando, aparece un libro como El
maestro y Margarita, que directamente te arrastra a un lugar donde las
reglas dejan de importar y lo único que puedes hacer es aceptar que un gato
gigante fuma puros, el Diablo pasea tranquilamente por Moscú y, de algún modo,
todo tiene muchísimo más sentido del que parece.
Publicada de forma póstuma y escrita
durante los años más oscuros del estalinismo, la novela de Bulgákov es una de
esas obras imposibles de encerrar en una sola etiqueta. Es sátira política,
fantasía, novela filosófica, historia de amor, reinterpretación bíblica,
comedia absurda y crítica feroz al poder. Todo al mismo tiempo. Y,
sorprendentemente, funciona.
La historia comienza cuando Woland, una
elegante y perturbadora encarnación del Diablo, llega a Moscú acompañado de un
séquito tan extravagante como inolvidable. Entre ellos destaca Beguemot, un
gato negro gigantesco, descarado, insolente y probablemente uno de los
personajes más carismáticos de la literatura universal.
Mientras el caos se instala en la ciudad
y deja al descubierto la hipocresía, la codicia y el miedo de una sociedad
completamente controlada por la burocracia y la censura, la novela entrelaza
otra historia muy distinta: la del Maestro, un escritor cuya obra ha sido
destruida por el sistema, y Margarita, una mujer dispuesta a desafiar incluso
al Diablo para recuperar al hombre que ama.
Pero Bulgákov no se queda ahí. En
paralelo introduce una tercera narración: una reinterpretación del juicio de
Poncio Pilatos a Yeshúa Ha-Nozrí, que actúa como espejo moral de todo lo que
sucede en el Moscú soviético. El resultado es un juego constante entre
realidad, ficción, religión, política y fantasía donde cada capítulo parece
esconder varias capas de significado.
Lo más admirable de la novela es su
capacidad para combinar escenas delirantes y profundamente cómicas con
reflexiones muy serias sobre la libertad, la cobardía, el poder, la creación
artística y la verdad. Bulgákov consigue que el humor nunca reste profundidad y
que la crítica nunca resulte solemne.
Eso sí, no es una lectura sencilla. La
cantidad de personajes, referencias culturales y cambios de registro puede
desorientar durante las primeras páginas. Es un libro que exige
paciencia y cierta disposición a dejarse llevar sin intentar comprender
absolutamente todo desde el principio.
Pero quien acepta sus reglas entra en
una novela que sigue resultando moderna casi un siglo después. Porque detrás
del surrealismo, de los demonios y de los vuelos nocturnos sobre Moscú sigue
habiendo una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando el poder intenta controlar
incluso aquello que imaginamos?
Y pocas novelas responden a esa pregunta
con tanta inteligencia, tanta ironía y tanto descaro.
Voy a decir una cosa que probablemente nadie esperaba. Yo entré en este libro por el gato. Porque si me dices que aparece un gato negro enorme que habla, bebe vodka, dispara pistolas, monta un caos absoluto y encima tiene más carisma que la mayoría de protagonistas que he leído este año... pues perdona, pero ya me has vendido el libro.
Y luego resulta que ese gato era solo la puerta de entrada.
Porque El maestro y Margarita es una novela que empieza pensando que sabes más o menos por dónde van los
tiros y, cincuenta páginas después, has asumido que el libro hace exactamente
lo que le da la gana y tú simplemente vas detrás intentando seguirle el ritmo.
Aquí el Diablo llega a Moscú y,
sinceramente, acaba pareciendo casi el personaje más razonable de todos. Los
verdaderamente ridículos son los humanos. Los burócratas, los escritores
vendidos, los oportunistas, los que viven aterrados por quedar mal delante del
sistema... y Bulgákov los retrata con una mala leche absolutamente maravillosa.
Luego está Margarita. Qué mujer. Cuando
aparece, la novela cambia completamente de energía. De repente todo se vuelve
más salvaje, más mágico, más libre y muchísimo más emocionante. Si alguien
tenía dudas de quién lleva realmente las riendas de esta historia... desde
luego no es el Maestro.
Y después está Beguemot. Perdonad, pero
necesito volver al gato. Creo que jamás había disfrutado tanto leyendo las
intervenciones de un personaje secundario. Cada vez que aparecía sabía que iba
a pasar alguna barbaridad y no me equivocaba nunca.
Lo curioso es que, entre todo ese caos
maravilloso, Bulgákov consigue hablar de cosas muy serias. De la censura. Del
miedo. Del precio de decir la verdad. De lo fácil que es vender la libertad por
un poco de comodidad. Y lo hace sin sermones, sin discursos y sin dejar de ser
tremendamente divertido.
¿Lo entendí absolutamente todo? Ni de
lejos. ¿Creo que eso importa? Tampoco.
Porque este no es un libro para resolver
como si fuera un puzle. Es un libro para dejarse llevar, para aceptar que no
siempre hace falta comprender cada símbolo en el momento en que aparece y para
disfrutar de la sensación de estar leyendo algo completamente distinto a
cualquier otra cosa. Y esa sensación... es maravillosa.
Ahora entiendo perfectamente por qué tanta gente dice que esta novela no se termina de leer nunca. Se relee. Porque estoy bastante convencida de que, si la abriera otra vez mañana, descubriría diez cosas que esta vez se me han escapado.
Y sospecho que Bulgákov se estaría
riendo de mí desde algún sitio.
Probablemente acompañado del gato.
— Natalia Sancho.


















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