Autor: Robert Louis StevensonTraducción: Marta SalísGénero: Ficción ClásicaEditorial: Alba EditorialPáginas: 256Encuadernación: Tapa dura con sobrecubierta
Un viejo marinero con la cicatriz de un
sablazo en la cara se instala en una posada en la costa inglesa, no muy lejos
de Bristol. Lleva un cofre que no abre nunca, se emborracha con ron y
aterroriza a la clientela con sus historias y canciones. Además, le paga a Jim,
el hijo de los posaderos, para que esté ojo avizor y le avise si se presenta
«un marinero con una sola pierna». Lo cierto es que en el cofre secreto se
esconde el mapa de una isla con un magnífico tesoro enterrado por un antiguo
pirata, y Jim se encuentra, de la noche a la mañana, enrolado como grumete en
una expedición (dirigida por un rico terrateniente) para ir a buscarlo. A
partir de ese momento, tiene que adquirir «la costumbre de vivir aventuras
trágicas» y familiarizarse con más cicatrices y mutilaciones, la muerte, la
codicia y la traición. Pero todo tiene su doble cara: el miedo superado por la
curiosidad puede dar pie a actos de coraje gratuitos, el aplomo puede
convertirse en frialdad, la temeridad puede conducir a la jactancia. Jim, solo
un muchacho, salva constantemente la vida a los adultos, pero no siempre
alcanza a distinguir la diferencia entre ser valiente y estar envalentonado,
entre la ensoñación y la pesadilla. La isla del tesoro (1883) es una de las
novelas más conocidas –prácticamente inmortales– de Robert Louis Stevenson, y
en ella despliega toda su maestría narrativa para contar una peripecia
extraordinaria, plagada de violencia y peligro, y llena de personajes
ambivalentes, como el célebre pirata John Silver el Largo, amable y ruin,
elocuente y astuto, uno de los grandes manipuladores de la historia de la
literatura.
Nació en Edimburgo en 1850, hijo de un próspero ingeniero de una familia de constructores de faros. Aunque de él se esperaba que siguiera la profesión, se le permitió estudiar Derecho; pero, al terminar la carrera en 1875, tenía ya muy clara su vocación de escritor. Aquejado ya entonces de una enfermedad respiratoria de la que nunca se desprendería, viajó por Francia y conoció el mundo artístico. Sus primeros libros fueron precisamente crónicas de viaje: An Inland Voyage (1878) y Viajes con una burra (1879). Enamorado de la norteamericana Fanny Osbourne, cruzó el Atlántico y todo el continente hasta California para casarse con ella, según dejaría constancia en El emigrante por gusto (1894; ALBA CLÁSICA núm. XXXVI) y su continuación, Across the Plains (1894). Sin embargo, fue el universo de sus ficciones el que cautivó a su siglo y, desde entonces, a la posteridad: entre sus inolvidables creaciones cabe mencionar los relatos recogidos en Las nuevas mil y una noches (1882; ALBA CLÁSICA MAIOR núm. IX) las novelas La isla del tesoro (1883), La flecha negra (1883) o Secuestrado (1886) y la novela corta El doctor Jekyll y el señor Hyde (1886; ALBA CLÁSICA). Constante viajero, a la vez por espíritu de aventura y por motivos de salud, se instalaría en 1889 en Upolu, una isla de los Mares del Sur. De esa época son El traficante de naufragios (1892), Bajamar (1894) y los ensayos de En los Mares del Sur (1894). Murió en 1894 y fue enterrado en la cima del monte Vaea.
La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson, es un
clásico que sigue intacto más de un siglo después. Esta edición de Alba
Editorial, con traducción de Marta Salís e ilustraciones de Edmund Dulac,
ofrece una lectura clara, ágil y visualmente atractiva, que permite redescubrir
la historia con una frescura sorprendente.
La fuerza de la novela reside en la
combinación perfecta entre aventura, suspense y exploración moral. Jim Hawkins,
un joven que se ve arrastrado a la búsqueda de un tesoro en alta mar, aprende
que la valentía no siempre es inocente y que los adultos pueden ser tan
ambiguos y peligrosos como cualquier pirata. John Silver el Largo encarna esa
ambivalencia: carismático, manipulador, encantador y despiadado a la vez, un
villano que no se olvida y que confirma por qué Stevenson construía personajes
complejos, capaces de fascinar a varias generaciones.
El relato no solo ofrece acción y
emoción: tormentas, motines, duelos y saqueos, sino también reflexión sobre la
codicia, la lealtad y la madurez. Dulac aporta un valor añadido con
ilustraciones que no son simples acompañamientos, sino un modo de viajar visualmente
junto a Jim y su tripulación, con escenas marinas envueltas en luz y atmósfera
que hacen que la historia se sienta viva y tangible.
En definitiva, esta edición confirma que La isla del tesoro no es solo un clásico juvenil de aventuras: es una obra de imaginación y carácter, un viaje que combina emoción y aprendizaje, capaz de cautivar tanto a lectores primerizos como a quienes regresan a sus páginas después de muchos años.
Chicos y chicas… les voy a ser sincera: me he
vuelto a subir a la Hispaniola y ha sido un viaje brutal. Nunca había leído La
isla del tesoro así, con estas ilustraciones de Dulac que son casi
hipnóticas. Cada página es un mundo: los barcos, las tormentas, la tensión de
la tripulación… ¡y John Silver! Ese pirata tiene más carisma y misterio que
muchos “héroes” de hoy.
Me he reído, me he mordido las uñas (aunque es un mal hábito que arrastro desde que era pequeña) y, sí, he sentido miedo por Jim más de una vez. Porque este libro es aventuras y oro escondido pero también es crecer un poco con cada página, aprender que la valentía y la temeridad no son lo mismo y que la codicia siempre deja huella.
Si estás buscando acción, traición,
piratas que te sacan carcajadas y otros que te hacen temblar… y además quieres
disfrutar de unas ilustraciones que parecen mágicas, este es tu libro. Para mí,
un diez rotundo. No exagero: he cerrado la última página y todavía
sentía que estaba en la cubierta del barco, con el viento en la cara y el olor
a sal.
Si nunca lo has leído, esta edición es
la manera perfecta de empezar. Y si lo leíste hace años… créeme, vas a
redescubrirlo y a enamorarte otra vez.
— Natalia Sancho.



















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